lunes, 25 de enero de 2010

Por qué

La verdad es que no sé escribir bien. Mis oraciones abigarradas, mis párrafos inconexos y mis palabras enjutas no alcanzan a darle vida a este frankenstein. Pero el monstruo se levanta por cuenta propia, sonámbulo, febril y patizambo, con sueños de alta alcurnia y movimientos de robot. Viene hacia mí, pero yo lo rechazo de mala manera. Embiste hacia la salida derrumbando un florero y en vez de abrir la puerta sale por la ventana: cegado por la luz choca con las sillas, las personas, los párrafos y las ideas, no sólo porque no puede evitarlo sino también porque ése es su método, esa es su forma de mejorarse, su propósito. Los golpes enderezarán sus rodillas, el agua de los floreros nutrirá sus oraciones, y cada vez que salga por la finestra saldrá del otro lado con una palabra nueva.

Un día de lluvia es avistado en la plaza, tratando de pintar un cuadro y recitar un poema al mismo tiempo; ninguna de las dos cosas le salen bien, y el conjunto es aborrecedor. A los tropezones intenta hacer todo a la vez para poder impresionar a su padre que lo abandonó: su impaciencia lo lleva a intentar ser músico sin antes haber tocado instrumento alguno, pretende practicar todas las artes en sus formas más complejas sin haber nunca entendido la simpleza de una canción de cuna. Su faz torva se muestra hacia los demás para esconder su desesperación pretenciosa.

Una noche encuentra donde dormir ya ahíto de la lucha contra su ser y sus posibilidades, y al cerrar los ojos se le dibuja una sonrisa con rasgo humano: sueña con el día que pueda pasear ufano por la feria ya que su creador, el altitonante, ese día lo ha aceptado como su hijo.