domingo, 21 de febrero de 2010

El viejo del tren

Hace pocos años en un día de semana cuando todavía iba a la facultad me sucedió un suceso un poco extraño. Ese año no fue particularmente bueno y me encontraba como muchas otras veces volviendo a casa desganado, rumiando sobre las derrotas del día. Me subí al tren en retiro y me senté juntó a la ventana mirando en la dirección hacia donde arrancaba el tren y en el asiento opuesto se sentó un señor haciéndome frente.

Cuando me empezó a hablar traté de mostrarme desinteresado en empezar un charla sin ser descortés como para que el viejo se de cuenta y me deje de hablar sin ofenderse. Mi sequedad no surtió efecto ante la camaradería pertinaz del viejo, y renegando mi mala fortuna tuve que ponerme a escuchar. El señor me empezó a contar sobre su vida cuando tenía mi propia edad, de las cosas que hizo, me empezó a decir que había que viajar, me hablo de las mujeres, cómo había que tratarlas, y muchos otros consejos sobre la vida en general. Muchas cosas me dijo, pocas me acuerdo después de tanto tiempo. Eran consejos típicos que te puede decir cualquier persona o hasta se pueden leer de una revista, pero cuando los decía él me daba cuenta que tenía razón y que esos consejos simples eran verdaderos y él había vivido lo suficiente como para atestiguar su validez. Después de haber vivido gran parte de su vida y darse cuenta de todas estas cosas sintió la necesidad de comunicárselas a alguien más para que aproveche y no caiga en los mismos errores, para que viva mejor. Sus palabras habían pasado mis defensas y me empezaron a atrapar; las cosas que decía las analizaba en mi cabeza comparándolas con lo que yo vivía en ese momento hasta darme cuenta que probablemente debería hacerle caso. Dejando los prejuicios del principio de lado me sumergí en la conversación y creo haberle contado algunas cosas mías. Hasta debo haber sonreído.

En algun momento uno de los dos se tuvo que bajar y nos despedimos. Por un largo rato me quedé pensando en lo que dijo el viejo, pero más pensé sobre el hecho de haberme encontrado al viejo y que hayamos vivido esa conversación.

Todo el suceso me parecía como sacado una obra literaria: lo que había pasado no pasaba en la vida real, pertenecía al mundo de los libros o las películas, una persona extraña que se acerca e intenta ayudarte, darte sus conocimientos para que vivas mejor, eso no es real. Más que la realidad parecía un instrumento del escritor para avanzar la trama, un artilugio para hacerle llegar todas estas ideas al personaje de una forma totalmente artificial. En una comedia o una película romántica corriente podría funcionar como un punto de inflexión para el protagonista, donde después de escuchar al viejo cambia su forma de ser y esto lo ayuda a llegar en buena forma al desenlace y conseguir a la chica. En un libro un poco más serio podría ser un suceso del que se acordaría hacia el final, después de pasar los obstáculos de la trama se sentaría un momento a descansar y se acordaría del viejo del tren (ya muerto) dándose cuenta que tenía razón en lo que dijo. Como mínimo sería un escena simbólica, donde el protagonista se enfrenta a sus miedos y sus dudas que se encarnaron en un viejo con buena onda, o por ahí el viejo simbolizaría su propia sabiduría ya que lo que le dijo eran cosas que él ya sabía pero igual que al viejo del tren nunca las tomó suficientemente en serio y se olvidó de ellas al bajarse en la estación. O quizás mi escritor me mandó una suerte de clarividente para advertirme del futuro y guiarme por el camino del final feliz. *

Me pregunto si habrá hablado como hizo conmigo con otros viajantes, teniendo que soportar las miradas de los jóvenes impertinentes, o si sólo lo hizo ese día porque había experimentado alguna de esas situaciones únicas que te inyectan vida, el mundo parece mejor y todo se ve diferente al punto que hablarle a un pibe desconocido en el tren para darle consejos suena natural y correcto. Quizás fui el único afortunado pero me gustaría creer que es un hombre optimista que, llegando a ver claramente algunas de las reglas básicas de la existencia humana, vive una vida altruista caminando por los trenes en búsqueda de alguien con indicios de estar necesitado de consejos. A la mayoría su charla no le cambiaría nada pero quizás pueda ayudar a algún alma estancada o por lo menos darle de qué pensar a los distraídos, o cómo hizo conmigo sorprenderme al intercalar una página de otro libro en el mío.

* tips para el escritor de mi vida: ponerle al viejo unos harapos raros o darle una personalidad extraña, que tenga pinta de loco pero diga cosas sensatas. Estaría bueno que cada tantos años, en momentos definitorios de mi vida me lo encuentre o que piense avistarlo por unos instantes entre una muchedumbre.

viernes, 12 de febrero de 2010

Desnaturalizar

En algún momento de nuestro crecimiento nos dejan de asombrar las cosas cotidianas. Un auto es sólo un auto, un perro sólo un perro. Todo se vuelve natural: por supuesto que hay una casa, un auto y un perro, es lo más común del mundo. ¿Cómo me va a asombrar un auto si son millones, los veo todos los días, sus emisiones contaminan el planeta y sus ruidos me molestan a la mañana?

Yo tomé como costumbre ir desnaturalizando las cosas que me rodean, sacarles lo común y devolverles el asombro. Es un proceso de descomposición de las cosas y abstracción de las reglas con las que vivimos. Aquí unos ejemplos:

La paloma

En el balcón tenemos un nido de paloma. Pocas cosas hay más mundanas que una paloma en la ciudad donde son casi plaga; su omnipresencia, su color grisáceo y la mugre que a veces llevan consigo hacen que uno no las tenga muy arriba en la lista de animales preferidos. Su presencia le es indiferente al peatón y se mueven por todos lados evitando el contacto con el humano. Ahora... ¿qué es una paloma? Un pájaro, una especie de animal con plumas que vuela. Aquí hay que detenerse unos momentos para poder desglosar lo que estamos presenciando realmente, respirar bien y pegar el salto hacia lo asombroso: parándonos sobre los hombros de los axiomas físicos y dando por hecho la creación del universo, del sol, la tierra, y, ya que estamos te regalo el nacimiento de la de vida: de todas las posibles formas en que la vida podría tomar forma lo hizo tal que, tras millones de años de evolución, tengamos en mi balcón una paloma. Una paloma: una cosa con patas, ojos, pico, sangre, huesos, muchos y complejos órganos internos, con forma de paloma, con alas recubiertas con algo tan extraño como son las plumas que utiliza para volar: esta cosa que se mueve por si sóla y saca de sí misma más de las mismas cosas tiene plumas y vuela! Va desde mi balcón hasta la calle, recoge una ramita y sube otra vez para armar un nido, donde tendrá sus pichones. Come porquerías de la calle, va de árbol en árbol, llama a otras palomas, camina movíendo el cuello hacia adelante, encuentra pareja, llega a mi balcón y saca de sus entrañas dos huevos que contienen sendos animales en su imagen. Desde el principio de la vida en este planeta hemos llegado a esto, una paloma en mi balcón. * **

Es muy fácil llegar al asombro partiendo desde tan bajo cómo es el origen de la vida en el planeta. Si se va todavía más abajo y se incorpora al razonamiento la existencia del universo (y de que uno es un ser conciente que lo observa y puede escribir esto) ya desde ese punto de vista todo es asombroso (o absurdo), pero considero qué es más valioso llegar al nivel de asombro más cercano a lo que es nuestra vida ya que hace que sea más fácil visualizar el salto. Tiene más logro y más impacto asombrarse con algo siguiendo su huella hasta dos meses atrás que llevarlo hasta el principio del tiempo, justamente porque es más difícil y más real, más nuestro.

La lluvia

Hace poco tuve que ir a lo de un amigo una noche de lluvia y para llegar tuve que tomarme dos micros. Cuando me bajé del primero hice una cuadra bajo la lluvia torrencial para llegar mojado a la parada del segundo, que se tomó su tiempo para pasar y me otorgó la posibilidad de perderme en el cuadro de me ofrecía la ciudad permeable: en los árboles iluminados y alineados a la calle como si fuesen maquetas en una obra de teatro, en las corrientes de agua en los costados de las calles y las marcas perfectamente delineadas pero efímeras a la vista de las gotas en más agua. Fue entonces que me detuve en la lluvia dispuesto a desnaturalizar, y verdaderamente no fue difícil porque la lluvia casi no necesita de ayuda para asombrar; me bastó con pensar en qué es la lluvia: agua que cae del cielo. Agua que cae del cielo. Vivo en un planeta donde podes estar en una parada de bondi y te cae agua desde el cielo. Ya está.

La tecnología

Quizás sea más fácil de desnaturalizar la tecnología porque avanza con nosotros, todos los días nos muestra cosas nuevas, y porque nosotros mismos la creamos. Si uno se pone a mirar es fácil darse cuenta que hace rato que vivimos en el futuro: tenemos máquinas que nos lavan la ropa, televisores, computadoras que se comunican entre sí con todo el mundo, autos que nos llevan a todos lados, vivimos en casas apiladas una arriba de la otra hasta grandes alturas, movemos un switch y se ilumina una habitación. ¿Cómo no asombrarse con una caja que tiene acceso a información casi infinita y tiene conectados dos cajitas que emiten cualquier música que uno quisiese escuchar? Para desnaturalizar todo esto basta con pensar como lo vería una persona que vivío hace mil años, 100, o quizás alcance con 50. Si se transportase hasta el presente con una de esas tan-de-moda-hoy-en-día máquinas del tiempo quedaría maravillado, todo le parecería mágico. Arthur C. Clarke dijo "Any sufficiently advanced technology is indistinguishable from magic", frase que siempre me gustó y que sería muy acertada para el caso de nuestro amigo de la antiguedad (Roberto), pero que también podríamos aplicarla nosotros mismos si desnaturalizamos un poco la tecnología. Frenando un segundo y analizando lo que es y lo que hace una computadora no es difícil darse cuenta que es mágica: ¿que vé Roberto? una caja gris que tira colores, muestra la vida de otras personas (¿el pasado?), tiene más información que la que se puede consumir en una vida entera, emite sonidos de músicas raras; es un caja que hace de todo, si se sabe utilizar te puede mostrar cualquier cosa que desees: es mágica. El mundo está lleno de esta magia, que creamos nosotros y que ya está tan integrada a nuestra vida que nos olvidamos que es verdaderamente asombrosa.

Estamos en ese mundo con el que soñaban las personas de hace medio siglo atrás (sans autos voladores). Tenemos la ventaja de que el mundo avanzó muchísimo pero la naturaleza humana sigue siendo la misma: con un poco de esfuerzo podemos ser esos soñadores viviendo su sueño.

Nos gusta asombrarnos con la fantasía de animales de otro mundo, dragones y serpientes gigantes, o tecnologías de futuros donde el hombre domina el viaje por el espacio y conoce otros planetas, pero deteniéndose un poco en la rutina de la semana no es difícil sentir lo mismo al verse caminando por este mundo. Quizás el bondi no vuela, pero va a 50 km/h por una calle junto con otros monstruos de lata con ojos de luz, el perro de la esquina es el resultado de miles de años de domesticar los lobos, y ni hablar de la existencia de la vida, y que toda la historia se tuvo que dar exactamente como fue para que existas vos, en el estado que estás, y en este momento.

* Supongo que si crees que Dios creó las palomas, y que las hizo así porque le pintaba, todo lo que dije recién pierde un poco de su gracia.
** Update de la paloma: los pichones crecieron, uno se fue del balcón siguiendo el ciclo de vida natural de la paloma pero el otro se quedó. No sale, no vuela o tiene miedo a volar, se la pasa todo el día en el balcón tratando de pintarlo de blanco. La madre todavía lo visita al grandulón, ya no parece pichón, y supongo que le traerá comida porque sino no se como vive. Para mí tiene problemas psicológicos que lo atraparon en su niñez y mi balcón para siempre.